Ponente: Paula Sánchez-Alarcón
Psicologa y psicoterapeuta. Autora de la colección “Cuentos que transforman”.

Paula empieza la charla presentándose a sí misma y su trayectoria profesional. Nos cuenta que lleva 15 años ejerciendo como psicóloga y que ha estado 7 años trabajando en un colegio con niñas y niños en tareas relacionadas con la resolución de conflictos. De sus experiencias, recoge las peticiones que le hacían muchos niños y niñas para aprender a defenderse y protegerse de manera no violenta y cómo esto le llevó a profundizar en el conocimiento de esta materia.
A continuación, nos introduce el cuento El Paraguas de Mímulo, centrado en cómo enfrentar conflictos. Es el segundo que publica. El primero, «El Caramelo de Mora», hacía énfasis en la autoestima y nos comenta que en este caso también se encargó ella de ilustrarlo.
Paula defiende que resolver conflictos puede ser más sencillo de lo que parece, siempre y cuando sigamos un protocolo, es decir, procedamos siempre de la misma manera, manteniendo la perspectiva. Procede a leernos el cuento para que nos sirva de ejemplo y para hacernos conscientes de palabras y frases clave que forman parte de la manera que nos propone para enfrentar los conflictos y ayudar en su resolución. La lectura también nos servirá para evidenciar que las niñas y niños son muy reactivos, actuando en vez de hablar. Nos comenta que el uso de la palabra se aprende y que en nuestra mano está enseñarlo aunque resalta que es frecuente que entre personas adultas también ocurre que evitamos hablar cuando alguien nos trata mal, haciendo que los problemas se enquisten.
Terminada la lectura, Paula empieza enmarcando la problemática desde la neurobiología. Nos habla de la existencia de 3 partes diferenciadas (funcional y estructuralmente) en el cerebro humano que evidencian pasos evolutivos de nuestra especie. Estas partes se pueden asemejar a los cerebros de diferentes grupos animales actuales y a los comportamientos que presentan. Así, se habla en términos de la existencia de tres “cerebros” dentro de nuestro cerebro:
- El cerebro reptiliano por asemejarse al que presentan los reptiles actualmente. Es un cerebro reactivo, que busca cubrir necesidades vitales y guarda respuestas instintivas para afrontar el peligro. Estas respuestas pueden ser tres principales: de huida, de ataque o de parálisis. Cada una permite una posibilidad de éxito mejor que las otras en función de la situación que se esté viviendo.
En comparación, nos explica como los niños y niñas pueden sentir peligro ante un entrentamiento y responder con una reacción de ataque. Cuando el enfrentamiento es con nosotras y nosotros, nuestra tarea es hacer ver que no somos un peligro y Paula nos regala la genial frase “No soy mamut, soy mamá”.
- El cerebro mamífero por albergar respuestas emocionales que compartimos con el resto de mamíferos. El objetivo aquí consiste en diferenciar lo que es bueno de lo que es malo en función de si nos reporta placer o displacer. Además, en este punto entran en juego factores sociales y de aprendizaje por imitación.
- El cerebro humano por ser una parte que está especialmente desarrollada en nuestra especie. Implica las funciones superiores de asociación y habla y ejerce una acción reguladora sobre los otros.
Paula, nos ayuda a situarnos con un ejemplo en el que no sólo se ven las respuestas de los diferentes cerebros si no que se muestra cómo se relacionan los cerebros entre dos personas que interactuan. Nos presenta una situación en la que un bebé (que no tiene desarrollada el habla por lo que otra persona tiene un acceso difícil a su cerebro humano) encuentra una moneda brillante y llamativa que produce placer a su cerebro mamífero (es buena) por lo que la cogerá y explorará. Si el niño se la metiese en la boca y se atragantase pero sobreviviese, asociaría ese acto al displacer y no lo volvería a hacer (es malo). Sin embargo, existe un peligro de muerte pero eso sólo lo sabe la madre que reaccionará con su cerebro reptiliano, asustada, quitándole la moneda. Ver a su madre en ese estado de alerta activará el cerebro reptiliano del bebé y asociará el peligro.
Volviendo al tema de los conflictos entre peques (que ya disponen de sus tres cerebros para ser usados a pleno rendimiento), Paula nos muestra cómo ellos y ellas utilizan principalmente el cerebro reptiliano como primera opción y cómo, además, esa reacción se mantiene en el tiempo aunque el evento que la desencadenó haya pasado. Nos explica cómo el control del cerebro reptiliano de las niñas y niños, es decir, el control de su reacción inicial de miedo [que puede generar enfado (ataque), susto (huida) o sumisión (parálisis)] ante una situación de peligro (el conflicto) que bloquea una resolución guiada por el cerebro humano, no puede hacerse desde el cerebro reptiliano del padre o la madre, es decir, con una reacción primaria similar. Si la niña o el niño se acerca en modo de ataque al progenitor y este responde en el mismo modo no se permitirá actuar al cerebro humano del infante para encontrar la solución no violenta. La calma que ofrece un posicionamiento en el cerebro humano por parte de las madres y padres es lo que permitirá al niño abandonar su reacción primaria y progresar hacia un proceso asociativo de reflexión y actuación controlada.
Hay que tener claro que el cerebro reptiliano vive en el presente constantemente trayendo miedos del pasado o anticipando miedos del futuro. Para solucionar el conflicto, hay que hacer ver que el momento en el que se inicia el proceso de resolución es un momento de calma en un tiempo diferente al del conflicto.
Los cerebros reptiliano y mamífero guardan los instintos para sobrevivir por lo que sus reacciones son válidas y necesarias. Hay que respetarlas porque son útiles en los contextos adecuados. Si alguien que está pegando tiros te apunta, no te pongas a intentar hablar y corre.
Paula nos explica qué buscan los niños y niñas cuando acuden a nosotros para solucionar un conflicto y los pasos a seguir para ayudarles.
Puede haber tres situaciones:
- Las niñas y niños muchas veces acuden a nosotros simplemente para encontrar consuelo. No buscan que les ayudemos a solucionar el conflicto si no solamente que recojamos su emoción.
- En otras ocasiones si buscan ayuda para la resolución pero esta puede ser suficiente con limitarse a instarles a solucionar el conflicto a través del habla por ellos mismos.
- En otras, la ayuda puede requerir que estemos presentes en el momento en que el niño o la niña enfrenta el conflicto mediante el habla, como apoyo sobre el que sostenerse. En esta tercera situación, el papel de la persona adulta ha de limitarse a la observación o el apoyo a la niña o niño agredido pero nunca ha de ser él quien se enfrente al agresor o agresora, ni directamente ni mediante un juicio de su actuación. Conviene evitar incluso mirar pues eso puede avivar sentimientos de culpa o rechazo que bloqueen la resolución del conflicto por parte del agresor o agresora o incluso provocar una respuesta reptiliana de miedo. No hay que olvidar que el conflicto siempre implica dos partes.
Para la primera situación la función de la persona adulta es escuchar, hacer de sostén, permitir que la emoción salga y validarla. La conexión se produce entre cerebros iguales, es el reptiliano de la persona adulta el que entiende al reptiliano del menor e igual con los otros cerebros. La labor de la persona adulta es guiar al niño o la niña en el paso del uso de un cerebro a otro.
Los miedos aparecen a raíz de experiencias vividas. Muchas veces, a los chicos sobre todo, se les prohíbe la expresión de sus sentimientos y se les insta a ocultarlos. Esto provoca indefensión pues no se sienten libres para expresar lo que no les gusta.
Después de validar las emociones del peque, hay que preguntar qué necesita de la persona adulta. Cuando las necesidades estén cubiertas no aparecerá la reacción primaria.
De cara al colegio, Paula nos aconseja que la niña o el niño encuentre a una profesora o profesor con el que esté en sintonía para que les de confianza. Alguien que les de apoyo moral acompañándoles a hablar cuando sea necesario. Esta persona ha de tener claro cómo actuar en el momento de la resolución para no causar un mal al agresor o agresora. Por parte de los padres y madres, hay que encontrar la manera de transmitir esta necesidad al docente sin meterse en el hacer de su profesión. La profesora o el profesor ha de sentirse acompañado en su tarea, no juzgado. Una buena manera de llevarlo a cabo es comentando la forma en la que nosotros, como familia, actuamos en casa.
Para la segunda situación, la clave es empoderar al menor. Darle autonomía y prestar palabras. El poder hace sentirse bien y genera agradecimiento hacia quien se lo ha dado. Para fomentar esto, es útil recordar situaciones en las que el niño o la niña se sintió empoderada anteriormente para conectar con esa sensación pasada y aplicarla en el conflicto actual.
Hay que fomentar la resiliencia pues el cambio se consigue a través de la reiteración. Suele ser necesario enfrentarse al conflicto varias veces hasta poder solucionarlo por lo que hay que dejar claro que a la primera puede que no funcione.
Eso sí, siempre hay que valorar, escuchando al menor, si está preparado para sortear su miedo y llevar a cabo el enfrentamiento, evitando alentarle a llevar a cabo una actuación para la que no está preparado. De igual forma, la escucha sirve para que la propia persona adulta entienda el conflicto en profundidad y de un consejo u otro. En ocasiones es posible que el conflicto no se pueda solucionar hablando y alentar a hacerlo pueda tener peores consecuencias.
Para la tercera situación, lo que hay que trabajar es la motivación y acompañarles para que se atrevan a dar el paso y enfrentarse. No hay que intervenir en el conflicto, sólo asistir como apoyo.
Terminada la charla, nos muestra dónde podemos encontrarla:
¡Muchas gracias Paula! Esperamos volver a verte pronto.


